viernes, 16 de diciembre de 2011

Tormenta sobre el euro

TORMENTA SOBRE EL EURO: 
  
COMO UNA VELA EN UN VENDAVAL
La cumbre europea del día 9 ha sido crucial para el euro y con él para todo el proyecto europeísta de las diversas burguesías europeas. En ella “Merkozy” (el támdem Merkel-Sarkozy) se han salido con la suya. En nombre de “salvar al euro” se imponen severos controles al gasto público. Los pueblos europeos de nuevo van a ser sacrificados en el altar del euro. Como sucede desde que se instauró esta moneda. Pero, ¿ acabarán estas medidas con la crisis del euro? ¿se ha salvado el euro? ¿se fortalece Europa por encima de los gobiernos nacionales?

Después de los rescates a Grecia (dos veces), a Irlanda, a Portugal, después de los golpes de estado de guante blanco en Grecia y en Italia, las agencias de rating siguen apuntando a nuevas dianas. Tras Italia vendría España, pero es que le están rebajando la calificación a Francia, a Austria, ¡hasta a la misma Alemania, que hasta ahora era la vara de medir!
La crisis de la deuda soberana europea es fuente de beneficios para algunos especuladores, pero de profunda preocupación para el capital como un todo. En primer lugar porque podría significar el fin del euro y con él de todo el trabajosamente construido edificio comunitario. En segundo lugar, porque podría actuar como detonador de una nueva recesión mundial.
La crisis global comenzada en 2008 y a la que no se le ve final, tuvo como detonador el hundimiento de las hipotecas subprime, las hipotecas concedidas a ciudadanos norteamericanos sin dinero para pagarlas. Igualmente, el detonador de la crisis de la deuda soberana y el euro fue el anuncio por Yorgos Papandreu cuando llegó al gobierno griego en 2009 de que las finanzas del país estaban falsificadas. Pero ni las hipotecas subprime ni el déficit griego son las causas profundas de la crisis.
El explosivo que está detrás de estas dos explosiones es el mismo, la permanente sobreacumulación, la incapacidad del capitalismo mundial de superarla elevando la tasa de ganancia lo suficiente como para permitir un nuevo ciclo duradero de expansión. Sus esfuerzos constantes por aumentar la explotación aumentan la masa de beneficios pero no lo suficiente. Los distintos instrumentos diseñados para conseguirlo se han convertido en las sucesivas burbujas (punto-com, inmobiliaria, etc) que al estallar vuelven a poner al desnudo que la contradicción fundamental del sistema sigue irresuelta: la que se da entre una producción social tan desarrollada que permitiría ahora mismo un nivel de vida aceptable para el conjunto de la población mundial, pero acoplada a un modo de apropiación privado que se convierte en un obstáculo para el despliegue de esta riqueza, que exige su destrucción masiva para poder ponerse de nuevo en marcha.

El Mercado Común Europeo (MCE), producto de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las fronteras nacionales
El día después de la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo europeo estaba en la lona. No sólo la destrucción había sido masiva, sino que los trabajadores en todas partes estaban en marcha. La sombra de la revolución planeaba sobre Europa.
Pero en Yalta y Postdam, los vencedores de la guerra se habían repartido el mundo. EEUU y Gran Bretaña le “regalaban” a Stalin Europa del Este como zona de seguridad, a cambio de que “respetase” la zona occidental. Es decir, a cambio de que los partidos comunistas de occidente aplicaran la línea que había aplicado el PCE durante la guerra civil española. Y Stalin cumplió. En países como Francia o Italia los partidos comunistas se convirtieron en factores clave de la reconstrucción del capitalismo, un capitalismo que luego fue fortalecido por el plan Marshall.
Durante los años que hoy se conocen como los “treinta dorados” (los años de boom económico 1945-75, en realidad fueron menos), el peligro de guerra entre los países capitalistas europeos había desaparecido, sustituido por el enfrentamiento global con la URSS. Poco a poco, las distintas burguesías europeas se dispusieron, en un clima favorable a los negocios, a beneficiarse de las ventajas del libre comercio y de un mercado protegido. El Tratado de Roma (1957) que creó el Mercado Común Europeo (MCE) era eso, un arancel común frente al exterior, y la plena libertad comercial entre los países miembros.
También, bajo la presión de Francia, el MCE era una forma de subvencionar al campesinado europeo, sobre todo francés, mediante la PAC (Política Agraria Común), una subvención al precio de los productos agrícolas que a cambio de comerse la mitad del presupuesto comunitario, salvaba de la ruina a un campesinado que era base electoral de la derecha y convertía a Europa en exportadora de alimentos con precios subvencionados que arruinaban a los países atrasados.
De este modo las burguesías europeas pretendían evitar el horror de los años 30, cuando el comercio mundial colapsó entre devaluaciones competitivas, proteccionismo desatado y vuelta hacia dentro de las distintas economías.
Ahora bien, lo que ninguna de estas burguesías tenía en mente, aunque no despreciasen usarlo como legitimación, era avanzar hacia una unión política, hacia la superación de los estados nacionales.
Aunque ésta sería la única manera de que Europa pudiera desafiar la hegemonía mundial de los EEUU, las distintas burguesías controlan un territorio y un estado que tienen una legitimidad histórica frente a sus poblaciones. No estaban dispuestas a cederlo en manos de un nuevo estado supranacional.
Es decir, el MCE siempre fue un compromiso entre lo que la realidad exige ineludiblemente, la unidad política y económica del continente europeo, y la incapacidad de las distintas burguesías europeas para superarse a sí mismas e integrarse en una unidad superior. Por eso fueron avanzando en crear un verdadero mercado único (Acta Única Europea, 1986), que beneficia a todas las empresas que intervienen en él, incluyendo a las estadounidenses afincadas en Europa, pero no avanzaron ni en crear empresas paneuropeas (hay tantas alianzas entre empresas europeas con norteamericanas o japonesas como alianzas entre empresas de distintos países europeos), ni en crear un estado europeo, con su ejército, policía, poder judicial, parlamento, gobierno...
No es que no se crearan instituciones supranacionales. No hay gobierno europeo pero sí una “Comisión Europea”, desde 1979 se elige un Parlamento Europeo (aunque no tiene las competencias de un verdadero parlamento), hay un tribunal de justicia europeo... Pero no hace falta más que una crisis profunda como la que estamos viviendo para que se desnude la absoluta nulidad, la completa impotencia de todas ellas, el hecho de que lo que existen de verdad son los gobiernos y los estados nacionales.

La implantación del euro fue una máquina de guerra contra la clase trabajadora y el campesinado
El nacimiento de la moneda única, el euro, fue la gran innovación del tratado de Maastricht, con el que se formó la Unión Europea (1992). Se lo presentó como el paso inmediatamente anterior a la unión política de toda Europa.
Pero no es cierto. Desde el principio, el euro nació cojo. En primer lugar, no es la moneda de toda la Unión Europea, sino sólo de los países que se adhirieron a la Unión Económica y Monetaria (UEM). Hoy son 17 países, frente a los 27 en total que forman la UE.
En segundo lugar, la moneda única se instauró sin la más mínima homogeneización de las distintas economías nacionales en las que iba a funcionar. Se trata de países con muy distintas productividades medias, sistemas fiscales, niveles salariales, etc.
Esto no se veía como un obstáculo insalvable. Se pensaba que era posible una “convergencia” vía transferencias de fondos a los países más atrasados. Que todo el problema estaba en evitar la inestabilidad de la nueva moneda para lo cual se unieron los bancos centrales de todos los países del euro constituyendo el Banco Central Europeo (BCE), “independiente” de cualquier poder político y cuyo único objetivo era evitar la inflación.
Las dos principales medidas de los cuatro “criterios de convergencia” que se habían establecido para que un país pudiera adoptar el Euro, mantener el déficit público por debajo del 3% del PIB y que el endeudamiento público no supere el 60 % del PIB se institucionalizaron mediante el “pacto de estabilidad y crecimiento” (1997), con amenaza de sanciones para el país que no cumpla.
Durante un tiempo esto funcionó. El euro se convirtió en una moneda que se iba apreciando regularmente, hasta el punto que empezó a rivalizar con el dólar como moneda de reserva internacional. Incluso varios países se plantearon denominar los precios del petróleo que exportan en esta moneda.
Las medidas de los “criterios de convergencia” y luego del “pacto de estabilidad y crecimiento” no sólo eran funcionales para fortalecer al euro, sino también eran las medidas de ajuste que exigía la burguesía de cada país para sobreponerse a la crisis de 1992. Estas medidas significaron reconversión y cierre de sectores industriales enteros, recortes en los gastos sociales, precarización del empleo, privatizaciones y “liberalización” de los mercados arruinando a muchísimas pequeñas empresas.
Por eso, el proceso de implantación del euro le vino muy bien a las distintas burguesías europeas. No sólo por las ventajas que confería al aumento del comercio dentro de la UE, sino especialmente porque proporcionaba una coartada presentable para emprender una política de recortes de las conquistas sociales que el capital exigía en todas partes, continuidad del “neoliberalismo” de los años 1980´s. El gran capital, tanto industrial como financiero, se benefició extraordinariamente, participando en el mini boom 1992-2007 que ha vivido el capitalismo gracias a la oleada “neoliberal” de los ochenta y la restauración del capitalismo en la URSS, Este de Europa y China.
Pero no le vino tan bien a las clases populares. La implantación del euro significó un gran recorte social contra la clase trabajadora y un duro golpe al campesinado (mediante la reforma de la PAC) y la pequeña burguesía. No obstante, los problemas sociales causados fueron suavizados vía subvenciones (“fondos estructurales” y “fondos de cohesión”). Por eso todo iba bien o eso parecía.
Desde el punto de vista de las burguesías europeas, la implantación del euro era un aspecto del gran objetivo de que le dieron a la Unión Europea, tal como se proclamó en la llamada “estrategia de Lisboa”, (2000): el de superar en diez años el “gap”, el hueco que había entre la economía europea y la norteamericana, para convertirse en la economía “más productiva del mundo” (querían decir: la economía más rentable del mundo para el capital). La diferencia entre EEUU y la UE la veían sobre todo en los muy superiores gastos sociales que prevalecían en el viejo continente.
El euro formaba parte de esta estrategia conjunta de las burguesías europeas para alcanzar a los Estados Unidos. Otro instrumento para facilitarlo debía ser la “Constitución Europea” de 2004, que debía dar legitimidad popular al proyecto. En España Zapatero llegó a ponerla a referéndum y lo ganó.
Sin embargo, lo ganó con una participación ínfima. Debido al apoyo al proyecto de la UE por parte de la socialdemocracia y las burocracias sindicales, es cierto que las masas populares en los distintos países no tienen un discurso alternativo al oficial de la “construcción europea” (o el que tienen lo toman prestado de los sectores burgueses “euroescépticos” que defienden sus intereses sectoriales). En cualquier caso la verborrea sobre la UE no les engaña. No hay ni sombra de entusiasmo o “patriotismo” hacia la UE y sus símbolos en ningún país de Europa. Todos los pueblos europeos tienen la sensación de que Europa se construye sin ellos y algunos, como el francés, tienen ya la conciencia de que se construye contra ellos.
La Constitución Europea acabó en el cubo de la basura en 2005. Su sustituto, el Tratado de Lisboa, firmado en 2007 y en vigor desde 2009 aclara ya desde su propio nombre que no es una Constitución (que se supone surge a partir de un proceso de constitución del pueblo soberano) sino un Tratado, firmado por los distintos gobiernos existentes.
En cuanto a la Estrategia de Lisboa, llegó el plazo del 2010 y no se había cumplido en absoluto. La productividad europea sigue por detrás de la estadounidense. Fue un fracaso total que la actual crisis económica subraya. Nadie sigue hablando de ella. El euro no sólo no permitió alcanzar a los EEUU, es que es el que está ahora mismo en riesgo.

La debacle: la crisis de la deuda soberana
En octubre de 2009 se abrió la caja de los truenos de la deuda soberana con el anuncio de Papandreu. A esto siguieron los problemas en Irlanda y Portugal, que se saldaron en sendos rescates.
La crisis de la deuda soberana se expresa en las altísimas tasas de interés semanal que los estados deben pagar a los que compran bonos del tesoro a diez años. La “prima de riesgo”, es decir, la diferencia del interés que paga cada estado en relación al que paga Alemania (considerada el país “modelo” de estabilidad por los inversores) ha ido aumentando algo para España e Italia, mucho para Portugal e Irlanda y se ha disparado para Grecia. Este aumento refleja la desconfianza de los inversores en que los estados serán capaces de seguir pagando los intereses o devolver el principal de los préstamos. Por lo tanto, no es una respuesta automática al endeudamiento (Alemania está más endeudada que España) sino a la previsión del comportamiento de cada economía. Y tiene un elemento de chantaje, ya que los poseedores de la deuda, que son bancos, inversores privados, etc, son también empresarios, miembros de las mismas burguesías europeas que se benefician de las medidas que los estados tienen que aplicar para darles confianza cuando actúan como “mercados”.
Los problemas con la deuda soberana los tienen los países con economías más débiles, menos productivas y menos competitivos a escala internacional; los estados más afectados por el enorme dispendio del salvamento de la banca privada en 2008; los que más sufren la incapacidad de usar la devaluación competitiva para favorecer sus exportaciones. Es decir, detrás de la apariencia monetaria de la crisis, están la economía real y la debilidad original del euro como moneda común de economías no unificadas.
Y es que los “rescates” que se han organizado para evitar la bancarrota de algunos países no son “rescates” para el país, sino para los banqueros e inversores que poseen los bonos de esos estados. Es por eso que la “troika” que los aplica incluye también al Fondo Monetario Internacional, una institución no europea y tradicionalmente ligada a los intereses yanquis (a pesar de estar presidida siempre por un europeo).
Pero la cosa se está yendo de las manos. En Grecia ya se llegó a la “quita” de parte de la deuda, es decir, a que haya inversores que van a perder parte de los beneficios esperados.
Los rescates se están condicionando a la aplicación de una medicina de caballo, de planes de ajuste brutales. Bajo la amenaza del desastre que se supone sucedería si los estados se declarasen en suspensión de pagos, se está intentando que las masas asuman los ataques más feroces contra su nivel de vida que se hayan visto en décadas. Como se suele decir en Grecia, “han decidido que volvamos a ser pobres, que volvamos a los años 50”.
Pero las propias reglas del juego que la UE se ha dado le atan las manos para manejar el problema. Cuando EEUU o el Reino Unido tienen problemas con su deuda pública, sus propios bancos centrales la compran, manteniendo su credibilidad. Pero el Banco Central Europeo tiene vedada esta posibilidad y Angela Merkel se lo recuerda todos los días. Así lo que pareció un rasguño en 2009 va camino de convertirse en la debacle total del euro.

La caída del euro demuestra que Europa sigue siendo un “tinglado”
Insistimos: la Unión Europea, más allá de las declaraciones, nunca fue un verdadero proyecto de superar las naciones. Las distintas burguesías europeas se benefician de la existencia de un mercado unificado, pero nunca han permitido cesiones reales de soberanía.
No hay la menor tendencia al abandono de lo básico que define el poder del estado en manos de cada burguesía. No hay policía europea, hay policía de cada país. El acuerdo de Schengen sobre circulación de personas, que compete a las policías, dirigido contra los inmigrantes, es un acuerdo intergubernamental y no un instrumento comunitario. Tampoco hay un ejército europeo. Es que no hay política exterior europea. Aunque haya un figurón, “míster PESC (por Política Exterior y de Seguridad Común)”, actualmente Miss PESC, que se supone que la expresa, en realidad cada país de la UE tiene la política exterior que conviene a sus intereses, casi siempre contradictoria con la de sus socios comunitarios. No hay más que recordar que los distintos países de la UE tuvieron posiciones distintas ante la guerra de Bosnia, Kosovo, Ruanda, Afganistán o la ocupación de Irak. Hay países en la UE que forman parte de la OTAN y otros que no (Irlanda, Austria, Suecia..). Hay todas las políticas exteriores que se quiera bajo el mismo paraguas de la UE.
Se quería hacer ver por el contrario, que “Europa” era algo real y temible. Cada vez que un gobierno tomaba medidas antipopulares y antiobreras decía: lo exige Bruselas. Se reconvertían las minas, los astilleros, se recortaba el gasto en enseñanza, sanidad, se privatizaban los servicios públicos... porque lo dice Bruselas. Parecía que Bruselas (sede de la Comisión Europea) era un supergobierno europeo por encima de los gobiernos de los países.
Pero era mentira. El “pacto por la estabilidad y el crecimiento” se vulneró más de 100 veces entre 2000 y 2007. Francia y Alemania lo han vulnerado 14 veces cada una, fueron los primeros en hacerlo. España lo vulneró 4 veces. Y el número de sanciones contra países aplicadas hasta ahora ha sido... cero.
No importa lo que digan los comisarios europeos, no importa que haya un “Tribunal”, sin policía ni ejército, no hay estado europeo. La Unión Europea no es un estado, es un “tinglado” según la expresión de De Gaulle. Las distintas burguesías se afanan en cumplir las exigencias de Bruselas que coincidan con sus intereses, pero no hay ningún poder disciplinario que las fuerce para cumplir las que no les interesen.
Por eso es tan difícil tomarse en serio la pose actual del “directorio franco-alemán” Sarkozy y Merkel, cuando exigen modificar los tratados para aplicar sanciones a los que se salgan de la regla. No porque no haya un interés común de todas las burguesías europeas en aplicar medidas de contención del gasto -eso explica que todos los países menos el Reino Unido han aceptado la propuesta franco-alemana en la cumbre del día 9- sino porque nadie va a admitir que le sancionen. Y menos los dos países que fueron los primeros en romper el pacto de estabilidad.
A fin de cuentas, cuando las cosas se han puesto serias, Barroso y Van Rompuy, presidentes de la Comisión y el Consejo Europeos, cabezas visibles de la UE, han sido dejados totalmente de lado por Merkel y Sarkozy, los jefes de las dos burguesías que lideran la asociación de burguesías distintas que forman la UE. Ahí se ve lo que pinta la UE.

La cumbre del día 9: mucho ruido y pocas nueces
Los medios de comunicación (y los gobiernos concernidos) nos presentaron esta cumbre como un acontecimiento histórico, no una más de las 25 cumbres que ha habido desde el estallido de la crisis de la deuda.
Todos decían que lo fundamental para atajar la crisis era la rapidez en la actuacion. No ha habido un sólo gobierno que viniera a plantear que igualmente importante era que el pueblo se pronunciase. Incluso tres de los cuatro países que no se han adherido al acuerdo, Hungría, Suecia y Chequia, no lo han hecho porque no quisieran, sino porque por imperativos legales tienen que esperar a hacer votaciones en el parlamento o incluso referéndums para poder adherirse o no.
Sólo un país se ha descolgado totalmente, ejerciendo su derecho de veto, el Reino Unido de Gran Bretaña. David Cameron, el primer ministro británico no lo ha hecho en nombre de la defensa del estado del bienestar sino del bienestar de la City (el distrito de Londres donde se agolpan las instituciones financieras), frente a cualquier posibilidad de regulación por las instituciones europeas.
El veto de Gran Bretaña ha sido una gran noticia para Francia, porque le ha permitido salirse con la suya. Todo queda en un acuerdo intergubernamental y no en nuevos tratados de la UE. Es que la vía de la reforma de los tratados implicaría mucho tiempo, la regla de la unanimidad y más cesiones de soberanía, todo lo cual va contra el poder de Merkozy.
¿En qué consiste el acuerdo intergubernamental aprobado en la cumbre por los 17 países del euro y 6 países más? En primer lugar, que las instituciones europeas (Comisión y Consejo) supervisarán los presupuestos de los distintos países. Cuando el déficit alcance el 3% del PIB las sanciones serán inmediatas, y de ninguna manera se aceptará que alcance el 5 %. Igual si el endeudamiento público supera el 60 % del PIB. Las sanciones pueden ser multas de hasta el 0,2% del PIB del país concernido.
Pero esto no hay quien se lo crea. En Alemania, en este momento el endeudamiento público alcanza el 83% del PIB. Para qué hablar de Irlanda, Portugal, Grecia... También lo superan Francia y Gran Bretaña. Sólo España está a punto de quedar por debajo. ¿Es que van a sancionar a todo el mundo?
En segundo lugar, para permitir lo anterior, se sugiere que se modifiquen las constituciones para incluir en ellas este límite al déficit. Un límite que los periodistas impúdicamente llaman “la regla de oro”. La verdadera “regla de oro” es principio ético y moral, que comparten muchas religiones, que dice“no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a tí”, que francamente sugiere algo muy distinto.
Esta sugerencia de incluir el límite al gasto en las constituciones ya estaba en la carta de Sarcozy y Merkel a Van Rompuy en mayo de este año. También en la carta de los dirigentes monetarios a Zapatero en agosto. Es verdad que ésta última carta, dirigida a Zapatero con copia a Rajoy, sigue siendo secreta, pero su contenido es ya casi público. Sus autores, Trichet, presidente y Draghi, vicepresidente (ahora ya presidente) del BCE más el presidente del Banco de España MAFO (Miguel Ángel Fernández Ordoñez), no sólo le sugerían a Zapatero cambiar la constitución, algo que hizo de inmediato, sino también crear “miniempleos” pagados por debajo del salario mínimo, a lo que Zapatero no se atrevió pero que el presidente de la CEOE ha vuelto a pedir.
En realidad, la propuesta de cambiar constituciones y leyes para incluir el límite al déficit ya se incluyó en el “pacto del euro” de marzo de 2011, firmado por los mismos países que llegaron a un acuerdo el día 9. Todos los países que aún no lo han hecho se disponen a los cambios. Porque las constituciones las cambian los gobiernos y parlamentos nacionales, no estos acuerdos. Hay quien dice que si éstos las aprueban es porque los gobiernos europeos serían algo así como los latinoamericanos o africanos, simples títeres sometidos al imperialismo francés y alemán. Absurdo. Los gobiernos y parlamentos europeos, dominados totalmente por fuerzas burguesas nacionales, actúan en el pleno interés de sus propias burguesías imperialistas cuando aceptan incluir en sus constituciones la prioridad de pagar los intereses de la deuda pública a los especuladores que la poseen, por encima de los gastos sociales en educación, pensiones, sanidad, etc. No necesitan que se les “imponga” esta prioridad, pues todos comparten la austeridad como única política económica posible en este momento, dado que es la única que se dirige a la variable que les interesa: aumentar la tasa de beneficio. Y es necesario recordar que pagar intereses leoninos a los poseedores de títulos de deuda no es pagar “al extranjero”, una parte considerable de la deuda pública europea está en manos de nacionales.
En tercer lugar, todo el mundo esperaba que el acuerdo significase dar mano libre al BCE para que compre masivamente títulos de deuda. Pero se trata de un “acuerdo tácito”, no escrito. Es que no pueden acordar darle orientaciones al BCC, porque entonces, ¿dónde iría toda la argumentación que han esgrimido todos estos años para justificar la “independencia” del Banco, el hecho de que sus presidentes y decisiones no sean supervisadas por ningún organismo electo?
En cuarto lugar, en lo que se refiere a los fondos para hacer frente a los rescates (sus siglas en inglés son FEEF y MEEF, en 2012 se transformarán en “Mecanismo Europeo de Estabilidad”, ESM), el acuerdo es negarle la condición de bancos. Así que no pueden pedirle préstamos al BCC Tanto la nueva cantidad acordada para el FMI por si hay más rescates como este “mecanismo de estabilidad del euro” que emite bonos a través de un “vehículo” (empresa instrumental) se han montado porque el estatuto del BCE prohíbe que vaya en ayuda de un país en apuros. Por eso se da la situación absurda de que, mientras el BCE está prestando dinero a la banca privada a un ridículo 1 % de interés, no hace lo mismo con los estados. Así, Grecia o España, cuando necesitan dinero para los gastos corrientes, sacan a la venta bonos del tesoro a intereses leoninos (hasta del 18 % para Grecia). Y los bancos compran estos bonos con dinero prestado por el BCE, embolsándose la diferencia entre las tasas de interés (en este caso, ganando un 17%). Por eso les viene tan bien esta crisis de la deuda.
También han acordado una importante precisión. Los bancos privados no podrán perder dinero porque un país no pueda hacer frente a sus compromisos, toda la pérdida será pública. Angela Merkel había impuesto su criterio de que la banca privada sí perdiera igual que los organismos públicos en el segundo rescate a Grecia, cuando se le ha hecho una quita a su deuda. La reacción de los “mercados” fue la conocida. Ahora se les asegura que cobrarán hasta el último céntimo, que quien no cobrará será el Mecanismo de Estabilidad si un país no puede pagar.
Y ¿qué pasó con los eurobonos, tan queridos por Rubalcaba? De ellos nunca más se supo. Nada de lo acordado el día 9 da a entender que vayan a llegar a existir. De nuevo la razón es que no existe nada parecido a un estado o una nación “europea” que se esté formando. En estas circunstancias, emitir eurobonos no significaría otra cosa más que las burguesías ricas de Europa se corresponsabilizarían de los problemas de las menos ricas. Voluntariamente no lo van a hacer, Merkel lo deja claro cada vez que puede, y no hay ningún estado que pueda obligarlas a hacerlo.
Puede ser que lo aprobado en la cumbre del día 9 de un respiro al euro. Podría ser. Lo que es seguro e que no atajarán la crisis. Es opinión compartida por todos los analistas que 2012 va a ser un año de recrudecimiento de la crisis, de una nueva recesión mundial. El capitalismo está enfermo. Incluso las medidas salvajes que los gobiernos preparan y que no se atreven a explicar se revelarán como simples paliativos. Si el capitalismo debe sobrevivir, necesita destruir todas las conquistas sociales logradas en un siglo de lucha. Si es que es el capitalismo el que va a sobrevivir...

España en la cumbre del 9
Lo curioso del papel de España no es su insignificancia. No hay que olvidar que desde el punto de vista de Mercozy, España es parte del problema, no de la solución. Ni tampoco que el día antes, en el encuentro del Partido Popular Europeo en Marsella, Rajoy contase más detalles de sus planes de los que dio a lo largo de toda la campaña electoral. Aunque sí sorprende que Durão Barroso le dijera que ganó las elecciones por decir la verdad a los españoles, cuando no dijo ni la verdad, ni la mentira, ni dijo nada.
No, lo curioso es que Zapatero, como presidente en funciones, no pronunciara una palabra contra la estrategia de austeridad que se aprobó. Hace 20 días acabó una campaña electoral en la que el candidato de su partido, Rubalcaba, se cansó de decir que iba a ir a Europa a pedir que se modere la política de austeridad y que se relance la economía. Pero en cuanto llega la ocasión, se olvida.
De todos modos, ya nos vamos enterando de las primeras medidas que va a tomar Rajoy en cuanto asuma. Nueva reforma laboral salvaje, para destruir la negociación colectiva y unificar por la baja los tipos de contrato, creación de un “banco malo” (que, con dinero público, le compraría a la banca privada los activos tóxicos que posee, es decir, una nueva ayuda pública a la banca privada) y la “consolidación fiscal”.
Esta última expresión, se refiere a la necesidad de tomar en consideración el presupuesto completo del aparato de estado, no sólo de la administración central sino también de las autonomías y ayuntamientos, que están muy endeudados.

¿Salir del euro?
El debate sobre el abandono del euro está en la calle en varios países. En Grecia, el KKE (Partido Comunista) es el principal abanderado de la necesidad de salir y volver al dracma.
Salir del euro significaría instaurar una nueva moneda que con toda seguridad (al menos en caso como el griego o el español) caería en picado desde el primer día. Lo cual vendría muy bien al sector exportador. Si se lo acompaña con la suspensión de pagos de la deuda pública, significaría que el país tendría vedado por completo el mercado internacional de capitales. Esto seguro que causaría grandes dificultades. Mientras crecen las exportaciones, el estado se encontraría casi sin dinero y tendría que hacer recortes.
No tiene ningún sentido que la clase trabajadora se disponga a soportar penurias en nombre del desarrollo exportador de su propia burguesía. No levantamos la consigna: “salgamos del euro” independientemente de las condiciones políticas en las que se pudiera dar. La ligamos a la consigna de un gobierno de los trabajadores que expropie sin indemnización la banca y la gran industria, que ponga la economía bajo control obrero y que declare la bancarrota del estado, negándose a pagar las deudas contraídas con bancos y especuladores que no benefician al pueblo. Sin estas condiciones, nos oponemos a todas las medidas antiobreras para defender al euro, pero no levantamos la salida.

Por los Estados Unidos Socialistas de Europa
El “proyecto europeo” siempre fue una máquina de guerra contra la clase trabajadora. Es una unión de la burguesía para luchar contra su clase trabajadora, los países coloniales y los estados obreros burocratizados. Toda la historia del euro, desde su preparación hasta su implantación y ahora su salvamento ha consistido en un rosario de medidas antiobreras y antipopulares.
La clase trabajadora debe por lo tanto luchar contra la Unión Europea. Pero no contra Europa. No hay mayor traición a la causa proletaria que contraponer a la UE el “patriotismo”, la defensa de los “estados nación” como hacen los partidos comunistas francés y griego.
Los males del capitalismo vienen de que las fuerzas productivas desarrolladas en su interior chocan no sólo con las relaciones sociales capitalistas (propiedad privada) sino también con las fronteras nacionales. Las economías europeas se asfixian dentro de sus fronteras. La unidad de Europa es no sólo un objetivo deseable sino una necesidad para evitar el estancamiento económico.
Sin embargo, es imposible la unidad bajo el capitalismo. Ninguna burguesía se va a hacer el hara-kiri renunciando a su existencia nacional para fusionarse en un todo mayor. Eso no quiere decir que no puedan avanzar en un tipo de unión, pero se tratará de una unión defensiva contra los competidores y ofensiva contra sus propias clases trabajadoras y los países dependientes. Este fue el comentario de Lenin en 1914 a la reivindicación de los Estados Unidos (capitalistas) de Europa. Y tenía razón. Por eso la Internacional Comunista levantó en 1923 la consigna “por los Estados Unidos Socialistas (soviéticos) de Europa”. Esta consigna fue más adelante abandonada por el stalinismo pero Trotsky y la IVª Internacional la asumieron. Sigue siendo la única salida de fondo al cuello de botella en el que estamos metidos.
Por eso, nuestra crítica a la Unión Europea y al euro no la hacemos desde el punto de vista español (ni tampoco vasco, catalán o andaluz) ni tampoco de recuperar la peseta. La hacemos desde el punto de vista internacionalista, que también es más europeísta que el de las hipócritas burguesías europeas. Frente a la dislocación que vive el viejo continente, proponemos como salida los Estados Unidos Socialistas de Europa.
Los EUSE no se construyen mediante una asamblea constituyente del pueblo europeo bajo los gobiernos actuales. Se construyen paso a paso a medida que los distintos pueblos se vayan librando de sus gobernantes capitalistas y estableciendo gobiernos de los trabajadores. El GCI denunciamos los planes de “democratizar” las instituciones de la actual UE desde dentro para poder usarlas para el socialismo como utópicas y reaccionarias sin remedio.
Para realizar estos objetivos, el GCI estamos empeñados en unir fuerzas para la construcción de un partido revolucionario en España. Pero no de un partido revolucionario español. Lo que hace falta es un partido internacional, la sección de la IVª Internacional reconstruida. Esto es así porque no vivimos una crisis nacional, ni siquiera europea, ni de los países imperialistas. Estamos viviendo una crisis mundial del capitalismo como sistema. No hay otra forma de encararla más que con la revolución proletaria internacional.
Grupo de Comunistas Internacionalistas
16 de diciembre 2011

-Ni rescates ni planes de ajuste ni recortes:
denuncia y no pago de la deuda contraída a espaldas de los pueblos
-Ningún sacrificio “por el euro”: aumentar los gastos sociales, impulso de la economía desde el estado para crear empleo. Ningún límite artificial al endeudamiento
-Sacar el dinero de donde está: expropiación de la banca y la gran industria. Centralizar el crédito mediante una banca pública que ayude a los pequeños productores
-contra el paro, los despidos y la precariedad en el empleo, poner toda la economía bajo control de los trabajadores, con derecho de veto sobre las decisiones que les afecten
-Contra los gobiernos que apoyan a la UE, socialdemócratas, abiertamente de derechas, de “unión nacional” como en Grecia, de “tecnócratas” como en Italia: por gobiernos de los trabajadores aliados a todos los explotados y oprimidos, para aplicar este programa
-Contra las instituciones de la Europa de los mercaderes: Comisión Europea, Eurogrupo, Banco Central Europeo, por los Estados Unidos Socialistas de Europa

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